Al observar la foto de referencia se me hizo un nudo en la garganta. Una estatua de Jesús, arrodillado, con la pesada carga de la cruz y la criaturita queriendo ayudar. Un gesto inconmensurable.
Sin dudas, la pureza misma en su intocable esencia que cachetea a muchos que transitan un sendero de otras realidades.
Voy al punto: disculpas, es la primera vez que deslizo un suelto periodístico en primera persona sobre un tema no referido al deporte, pero que igualmente en algunos aspectos lo roza.
La imagen de la niña, con toda su inocencia y la espontaneidad de la acción refleja _a mí entender_ muchísimas cosas. La empatía, la bondad, de que el otro interesa y que la ayuda siempre debe estar en cada persona, al servicio de los más necesitados.
Desde algunas opiniones sobre la portada que vertieron, por ejemplo: “que niña tonta”, indica claramente cómo piensa esa persona y su desprecio hacia los demás, y obviamente otras que estarán en la misma línea de pensamiento. Libre albedrío que le dicen. Increíble.
Situaciones que se observan a diarios en distintos canales con temas triviales, banales, frívolos, insustanciales, escaso de contenido, conformando una geografía de mediocridad absoluta.
Insultos que se han tornado como una práctica normal en radio y televisión; también en algún empleado gobernante convertido en insultador serial, sin importarle absolutamente nada, con aplausos (o aplaudidores) incluidos. Insólito.
Restantes que mienten descaradamente, insensible a una realidad incontrastable; difamaciones por aquí, insensibilidad por allá, noticias falsas deliberadas para manipular a la población y tantas otras cuestiones con el solo propósito de tergiversar y/o distorsionar la contemporaneidad.
“Promover el bienestar general”, dice en el Preámbulo de la Constitución de la Nación Argentina.
“También se refuerza como un principio guía en el Artículo 75, inciso 2, relacionado con la coparticipación para asegurar el progreso” (de todas las provincias).
Me permito enfatizar que los valores de antaño y de siempre, como la solidaridad, comprensión, confianza, ética, respeto, decencia, acuerdos sostenidos en el tiempo, van quedando en la vorágine del olvido permanente. Por el contrario, han ganado terreno fuertemente la hipocresía, el egoísmo extremo, la impunidad, la mentira y el engaño, solo por citar algunos de estos aspectos totalmente nefastos.
Por eso, la secuencia de referencia de la hermosa niñita, en una lectura llevada a todo un contexto de la realidad, refleja _o debiere_ sobre el buen ciudadano a implicarse en el rescate de lo estrictamente ligado a las buenas acciones, desechando de por vida, la basura. Es aplicable a cualquier situación de comportamiento correcto que debe exhibir cualquier hombre o mujer de bien. Es la base de sustentación, el cimiento, de las buenas acciones e intenciones.
Abriguemos la esperanza de comenzar a hacer algo por todo esto. Un alto porcentaje de la especie humana se está tiñendo de pesimismo. El mejor camino, en mi interpretación, está en cada familia y también en las escuelas. Recuperar la tolerancia y potenciarla. Informarse conforme a su propia actualidad o autenticidad. Agregar o utilizar una hora semanal para inculcar al alumnado los conceptos sobre lo que está bien y lo que está mal, para luego ir por más en esa línea. Claro, iniciar desde lo simple como el consabido comportamiento que cada uno debe tener en lo cotidiano, como las buenas costumbres del buen día, permiso, muy amable, te agradezco mucho, gracias, puedo ayudarte, etc.
Al fin y al cabo, estamos de paso en esta vida o plano existencial. Hemos venido a este mundo a sortear escollos y debemos resolverlos con autenticidad, con esmero y humildad, porque después llegarán los frutos. La racionalidad sobre los impulsos.
La niña, con su inocencia, su pureza, en ese acto, deja una enseñanza inocultable. Si no entregamos esa lectura, si no nos damos cuenta, entonces estamos perdidos. Es una tremenda señal que nos invita a no titubear más en estas exégesis.
Salgamos a la caza de los valores perdidos, como reza el título. “Decir la verdad, cumplir con el deber, respetar la palabra empeñada y desdeñar los halagos y las lisonjas”, fueron los principios sagrados del general San Martín, de los que nunca se apartó. Y no tuvo ninguna ambición de grandeza material. Vayamos por ellos entonces. Elijo creer.
M.Ch.
